Raúl Serrano, director de teatro: «La coronación del peón es una metáfora de la vida»

Raúl Serrano, actor, profesor y director de teatro

Hace más de cinco siglos, el ajedrez se exhibía por las distintas cortes europeas promocionando no sólo su arista lúdica, también su práctica se asociaba y ganaba espacios en otros ámbitos de la cultura, como la literatura y el teatro.

En la argentina, un artista, un profesor de teatro, Raúl Serrano, de 86 años, se atrevió a contar cómo fue el nacimiento de su pasión por el milenario juego.

“He jugado muy bien al ajedrez; a los 20 años, en Tucumán, llegué a ser un ajedrecista de 1ª Categoría. Para mí el ajedrez no se trata de un jueguito… se sitúa entre el arte y la ciencia. Todo lo que se hace tiene una explicación, una respuesta racional. El que pierde es porque cometió algún error”

 

 

Si quiere conocer un poco sobre la trayectoria de Raúl Serrano en el mundo del teatro, podríamos decir que fue: Actor, Director y uno de los pedagogos más importantes del teatro argentino. Nació en San Miguel de Tucumán en 1934. A los 15 fundó el grupo Teatrote y tomó contacto con el emblemático grupo de teatro independiente Fray Mocho de Buenos Aires. A los 21, viajó a Rusia y actuó, entre otras obras, en Los de la mesa 10, de Osvaldo Dragún. Luego se trasladó a Bucarest (vivió diez años), estudió, se perfeccionó y dirigió el teatro municipal de esa ciudad. Retornó a la Argentina, y montó, entre otras, El proceso, de Kafka, y participó del ciclo Teatro Abierto. Como director y maestro de actores, fundó la Escuela de Teatro de Buenos Aires, formadora de grandes actores de la escena argentina desde 1981. También fue asesor artístico del Centro Cultural de la Cooperación, y en 2019 estrenó en su sala “Del Artefacto” la obra “El viaje de Don Juan”.

Si tengo un prestigio en mi vida no ha sido por el ajedrez (risas). En mi niñez, adolescencia y juventud lo practiqué y lo sigo amando porque sigue siendo una pasión que llenas mis horas libres. Además de jugar me gusta ver las partidas de los torneos, pero sigo siendo un jugador amateur”.

¿Y cómo descubrió el ajedrez?

En mi infancia hubo una epidemia de parálisis infantil, no se sabía de dónde venía y a los niños nos sacaban de las grandes ciudades y nos enviaban a lugares más saludables, menos peligrosos. Tenía 8 años y me mandaron a Santiago del Estero, a la Estación Fernández, del ferrocarril Mitre; allí vivía un señor español Don Antonio Payo –era del mismo pueblo del que había venido mi papá- y era dueño de una Farmacia. Un asistente suyo me enseñó los primeros movimientos y cuando regresé a Tucumán empecé a practicarlo más asiduamente. Con un vecino, Isidoro, que era sobrino de José Ber Gelbard (ministro de economía de la Nación en los años setenta) nos perfeccionamos y ganamos los torneos de 4ª, 3ª, 2ª y 1ª de ajedrez en Tucumán. 

«En casa jugaba con mi hermano Manuel. Recuerdo que la primera vez que le ganamos (jugamos en pareja con Isidoro) mi hermano, que era 17 años mayor que yo, tiró el tablero. No podía creer que dos chicos de 12 años le ganaran (risas)».

 

«No fui un jugador importante pero jugué en representación de Tucumán en duelos provinciales contra Salta y Santiago del Estero. También jugué los torneos intercolegiales».

 

¿Por qué no me dediqué más al ajedrez?.

Sucede que yo ya tenía una novia más poderosa que era el teatro. Me fue ganando y dándome más oportunidades, como la de viajar junto con actores como Oscar Ferrigno, Cipe Lincovsky o Carlos Gandolfo. Con ellos fui a Moscú, recuerdo que en el Teatro de Arte me cambiaba en el camarín del maestro Stanislavski. En esa época yo era serranito; un pibe de provincia que necesitaba un traductor. Yo llamaba “Changuita chura” a una chica bonita (risas).

¿Mi pieza de ajedrez favorita?.

Le cuento, en la vida me jugué siempre por los más humildes, tal vez por eso me enamoré de los peones. Me gusta que sean los púnicos que van para adelante sin retroceder; y que si llegan a la 8ª línea, se convierten en algo poderoso y sirven para ganar las partidas. Eso es tremendo, que algo pequeño se iguale al rey o la reina, me parece una metáfora para aplicarla a la vida.

¿Ayuda el ajedrez al actor?

Creo que el ajedrez puede influir en el mejoramiento no sólo de los actores, también de todas las personas. Se trata de una gimnasia con la lógica; un ejercicio que para mí está rondando lo divino, la perfección. Si uno repasa una partida de atrás hacia adelante; del final hacia la apertura uno reconoce sus errores, recibe una lección de lógica. Entiendo al ajedrez como un hecho filosófico.

Nunca pude cruzar el ajedrez con alguna obra de teatro. Los ensayos me salieron secos. Mi hermano, Manuel Serrano, hizo una obra de ballet basada en la danza de las piezas. La música la compuso Homero Expósito (autor entre otros tangos de: Naranjo en Flor, Qué me van a hablar de amor y Afiches).

De mi trabajo en el teatro lo que más se conoce son mis aportes a la  pedagogía teatral; un aporte científico porque siempre estuve a mitad de camino entre la comprensión científica y la entrega artística. Tal vez por ello, del ajedrez me atrapó su precisión. Además en mi infancia yo veía al ajedrez como una alfombra mágica para escapar de las siestas tucumanas.

El maestro Raúl Serrano participó en el programa FRENTE AL TABLERO (viernes a las 20 por radio Porteña FM 89.7). Aquí el audio de la entrevista completa.

 

Un poco de historia del ajedrez y el Teatro

Ni el conflicto religioso entre católicos y protestantes, conocido como la Guerra de los Treinta Años, desatado en el territorio europeo entre 1618 y 1648, con los consecuentes desórdenes, pudo detener el avance de la literatura, fuente del florecimiento de nuevas obras de ajedrez. Así, los complejos tratados con abundantes consejos atraparon la atención de noveles aficionados, interesados en descubrir los secretos del noble juego. Rápidamente la difusión de sus reglas superó los límites fronterizos, y el auge de su práctica lo convirtió en uno de los pasatiempos favoritos de la era moderna.

En Alemania, las grandes ferias fueron la cita perfecta para los mercaderes daneses, suecos, croatas, que disputaban con jugadores locales partidas que, con ayuda de notarios transcribían al papel con la posición de las piezas para continuar el juego al día siguiente. Tal popularidad provocó que a comienzos del siglo XVII, en Alemania, se produjera la fabricación de una importante cantidad de tableros y, en 1616, Augusto, duque de Brunswick-Luneburg, publicó en Leipzig, con el seudónimo de Selenus, una de los obras más completas de ajedrez, Das Schach oder Konig-Spiel, ilustrada con grabados de Jacob van der Heyden.

El auge del ajedrez no tardó en llegar a las islas británicas; muchos autores señalaron al pueblo vikingo como artífice su introducción en Gran Bretaña. Con la llegado al trono de Canuto I El Grande, fuerte aficionado al milenario juego, que gobernó de manera conjunta Dinamarca e Inglaterra en el siglo XI, la práctica del juego ciencia creció en popularidad sin dejar de soslayar el papel de la conquista normanda como principal corriente que impulsó su difusión por toda la geografía del Reino Unido.

Por ello los desafíos sobre el tablero pronto alcanzaron gran popularidad entre los cortesanos y los monjes que evidenciaban un  reciente interés, aunque las autoridades eclesiásticas, convencidas de que la práctica del juego acarreaba distracción entre sus fieles, decidieron prohibir los matches entre religiosos.

En la Corte, el ajedrez se popularizó entre los nobles y las clases más cultas, pero el mayor arraigo se produjo en los siglos XVI y XVII, con el advenimiento de la burguesía. En la obras de teatro de las épocas isabelina y jacobina abundaban las referencias al ajedrez; una obra de Thomas Middleton llevó por título Game at Chess.

Otra muestra de su popularidad se produjo en 1611, cuando William Shakespeare estrenó en Londres “La Tempestad”, la singular comedia que en el V acto, escena I, los protagonistas, los enamorados, Miranda y Fernando, son sorprendidos por Próspero mientras disputaban una partida de ajedrez. Los intercambios comerciales con Rusia durante el reinado de los Tudor también favoreció la difusión del juego. En 1624, en el teatro del Globo se presentó una obra en la que los actores escenificaban sobre un tablero gigante la batalla entre los ingleses y sus enemigos españoles. La violencia de la sátira obligó al embajador de España a solicitar su interrupción.

En 1892, el primer ajedrez viviente en Buenos Aires

El histórico Teatro Odeón, construido en 1891 en Esmeralda casi esquina Corrientes fue sede del primer ajedrez viviente realizado en la Argentina. El armado del espectáculo estuvo a cargo del ajedrecista Eugenio Zamudio, integrante de la Comisión Directiva del Club de Ajedrez de Buenos Aires, acostumbrado a viajar a París para realizar la compra de materiales -juegos, tableros y relojes-. No sería extraño imaginar, entonces, que Zamudio en uno de sus paseos parisinos haya descubierto este tipo de espectáculos que por cierto eran muy populares en Europa, principalmente en Francia e Inglaterra, en esa época. El personal de vestuarios del teatro acondicionó los trajes de reyes, damas, peones, obispos, caballeros y castillos, para la representación escénica de “la partida viviente” llevada a cabo a fines de 1892.

El Teatro Odeón por entonces era un sitio de privilegio de los porteños dado que en 1888 había sido cerrado el Teatro Colón (inaugurado en 1857), después de casi 30 años de funciones. Por eso, el Odeón fue elegido en 1896 para la primera proyección cinematográfica del país -célebres cortos de los hermanos Lumiére- y, al año siguiente para el desarrollo del Congreso partidario que decidió la candidatura de Julio Argentino Roca para su segunda presidencia. El inmueble, pese a que en 1985 fue protegido “por su interés cultural y arquitectónico” según Ley 14800, la misma fue revocada durante la gestión del Intendente porteño, Carlos Grosso, y en 1991 fue demolido para la construcción de una playa de estacionamiento de vehículos.

 

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